“SÁBELO, TEN POR CIERTO, HIJO MÍO EL MÁS PEQUEÑO, QUE YO SOY LA PERFECTA SIEMPRE VIRGEN SANTA MARÍA, MADRE DEL VERDADERÍSIMO DIOS POR QUIEN SE VIVE, EL CREADOR DE LAS PERSONAS, EL DUEÑO DE LA CERCANÍA Y DE LA INMEDIACIÓN, EL DUEÑO DEL CIELO, EL DUEÑO DE LA TIERRA, MUCHO DESEO QUE AQUÍ ME LEVANTEN MI CASITA SAGRADA, EN DONDE LO MOSTRARÉ, LO ENSALZARÉ AL PONERLO DE MANIFIESTO:
LO DARÉ A LAS GENTES EN TODO MI AMOR PERSONAL, EN MI MIRADA COMPASIVA, EN MI AUXILIO, EN MI SALVACIÓN:
PORQUE YO EN VERDAD SOY VUESTRA MADRE COMPASIVA,
TUYA Y DE TODOS LOS HOMBRES QUE EN ESTA TIERRA ESTÁIS EN UNO,
Y DE LAS DEMÁS VARIADAS ESTIRPES DE HOMBRES, MIS AMADORES, LOS QUE A MÍ CLAMEN, LOS QUE ME BUSQUEN, LOS QUE CONFÍEN EN MÍ, PORQUE ALLÍ LES ESCUCHARÉ SU LLANTO, SU TRISTEZA, PARA REMEDIAR PARA CURAR TODAS SUS DIFERENTES PENAS, SUS MISERIAS, SUS DOLORES…".
"ESCUCHA, PÓNLO EN TU CORAZÓN, HIJO MÍO EL MENOR, QUE NO ES NADA LO QUE TE ESPANTÓ, LO QUE TE AFLIGIÓ, QUE NO SE PERTURBE TU ROSTRO, TU CORAZÓN;
NO TEMAS ESTA ENFERMEDAD NI NINGUNA OTRA ENFERMEDAD, NI COSA PUNZANTE, AFLICTIVA.
¿NO ESTOY AQUÍ, YO, QUE SOY TU MADRE?
¿NO ESTÁS BAJO MI SOMBRA Y RESGUARDO?
¿NO SOY, YO LA FUENTE DE TU ALEGRÍA?
¿NO ESTÁS EN EL HUECO DE MI MANTO, EN EL CRUCE DE MIS BRAZOS? ¿TIENES NECESIDAD DE ALGUNA OTRA COSA?.
QUE NINGUNA OTRA COSA TE AFLIJA, TE PERTURBE; …”
Palabras de Nuestra Señora de Guadalupe a San Juan Diego, tomadas del Nican Mopohua.
"Él
desea desde el principio que la Iglesia en salida, que vaya al mundo”.
Para conseguir este objetivo, también habló de cómo
tienen que ser los discípulos de Cristo. Pidió a los sacerdotes, religiosos y
religiosas que no se cierren en sí mismos por miedo o
comodidad, sino que hagan todo lo contrario.
FRANCISCO
"La
dirección que Jesús indica es de un único sentido, salir de nosotros mismos. Es
un viaje sin billete de vuelta. Se trata de emprender un éxodo de nuestro yo,
de perder la vida por Él, siguiendo el camino de la entrega de uno mismo. Por
otro lado, a Jesús no le gustan los recorridos a mitad, las puertas
entreabiertas, las vidas de doble sentido. Pide ponerse en camino ligeros,
salir renunciando a las propias seguridades, anclados únicamente en él”.
El Papa Francisco explicó que viviendo sin egoísmo, el cristiano se transforma y los efectos de su
cambio también llegan hasta las demás personas.
FRANCISCO
"Contento
con el Señor, no se conforma con una vida mediocre, sino que tiene un deseo
ardiente de ser testigo y de llegar a los otros; le gusta el riesgo y se
atreve, no condicionado por caminos ya trazados, sino abierto y fiel a las
rutas indicadas por el Espíritu; contrario al "ir tirando”, siente el
gusto de evangelizar”.
Por último, les recordó que el Evangelio es también un libro abierto en el que
cada sacerdote, religiosa y religioso puede seguir escribiendo su historia
gracias a la misericordia de Dios
Al final
de la misa conclusiva de la JMJ de Cracovia, el Papa Francisco hizo el esperado
anuncio: La próxima Jornada Mundial de la Juventud tendrá lugar en
Panamá.
Con sus
palabras, se desató la euforia entre los peregrinos panameños que viajaron
hasta Cracovia.
Se
celebrará en el año 2019 y será la primera vez que tenga lugar en un país de Centroamérica.
Es bueno estar aquí con ustedes en esta Vigilia de oración. Al terminar
su valiente y conmovedor testimonio, Rand nos pedía algo. Nos decía: «Les pido
encarecidamente que recen por mi amado país». Una historia marcada por la
guerra, el dolor, la pérdida, que finaliza con un pedido: el de la oración. Qué
mejor que empezar nuestra vigilia rezando.
Venimos desde distintas partes del mundo, de continentes, países,
lenguas, culturas, pueblos diferentes. Somos «hijos» de naciones, que quizá
pueden estar enfrentadas luchando por diversos conflictos, o incluso estar en
guerra. Otros venimos de países que pueden estar en «paz», que no tienen
conflictos bélicos, donde muchas de las cosas dolorosas que suceden en el mundo
sólo son parte de las noticias y de la prensa. Pero seamos conscientes de una
realidad: para nosotros, hoy y aquí, provenientes de distintas partes del
mundo, el dolor, la guerra que viven muchos jóvenes, deja de ser anónima, deja
de ser una noticia de prensa, tiene nombre, tiene rostro, tiene historia, tiene
cercanía. Hoy la guerra en Siria, es el dolor y el sufrimiento de tantas
personas, de tantos jóvenes como el valiente Rand, que está aquí entre nosotros
pidiéndonos que recemos por su amado país.
Existen situaciones que nos pueden resultar lejanas hasta que, de alguna
manera, las tocamos. Hay realidades que no comprendemos porque sólo las vemos a
través de una pantalla (del celular o de la computadora). Pero cuando tomamos
contacto con la vida, con esas vidas concretas no ya mediatizadas por las
pantallas, entonces nos pasa algo importante, sentimos la invitación a
involucrarnos: «No más ciudades olvidadas», como dice Rand: ya nunca puede
haber hermanos «rodeados de muerte y homicidios» sintiendo que nadie los va a
ayudar. Queridos amigos, los invito a que juntos recemos por el sufrimiento de
tantas víctimas fruto de la guerra, que recemos por tantas familias de la amada
Siria y de otras partes del mundo, para que de una vez por todas podamos
comprender que nada justifica la sangre de un hermano, que nada es más valioso
que la persona que tenemos al lado. Y en este pedido de oración también quiero
agradecerles a Natalia y a Miguel, porque ustedes también nos han compartido
sus batallas, sus guerras interiores. Nos han mostrado sus luchas y cómo
hicieron para superarlas. Son signo vivo de lo que la misericordia quiere hacer
en nosotros.
Nosotros no vamos a gritar ahora contra nadie, no vamos a pelear, no
queremos destruir. Nosotros no queremos vencer el odio con más odio, vencer la
violencia con más violencia, vencer el terror con más terror. Nosotros hoy
estamos aquí, porque el Señor nos ha convocado. Y nuestra respuesta a este
mundo en guerra tiene un nombre: se llama fraternidad, se llama hermandad, se
llama comunión, se llama familia. Celebremos el venir de culturas diferentes y
nos unimos para rezar. Que nuestra mejor palabra, que nuestro mejor discurso,
sea unirnos en oración. Hagamos un rato de silencio y recemos; pongamos ante el
Señor los testimonios de estos amigos, identifiquémonos con aquellos para
quienes «la familia es un concepto inexistente, y la casa sólo un lugar donde
dormir y comer», o con quienes viven con el miedo de creer que sus errores y
pecados los han dejado definitivamente afuera. Pongamos también las «guerras»
de ustedes, las luchas que cada uno trae consigo, dentro de su corazón, en
presencia de nuestro Dios.
[Silencio]
Mientras rezábamos, me venía la imagen de los Apóstoles el día de
Pentecostés. Una escena que nos puede ayudar a comprender todo lo que Dios
sueña hacer en nuestra vida, en nosotros y con nosotros. Aquel día, los
discípulos estaban encerrados por miedo. Se sentían amenazados por un entorno
que los perseguía, que los arrinconaba en una pequeña habitación, obligándolos
a permanecer quietos y paralizados. El temor se había apoderado de ellos. En
ese contexto, pasó algo espectacular, algo grandioso. Vino el Espíritu Santo y
unas lenguas como de fuego se posaron sobre cada uno, impulsándolos a una
aventura que jamás habrían soñado.
Hemos escuchado tres testimonios, hemos tocado, con nuestros corazones,
sus historias, sus vidas. Hemos visto cómo ellos, al igual que los discípulos,
han vivido momentos similares, han pasado momentos donde se llenaron de miedo,
donde parecía que todo se derrumbaba. El miedo y la angustia que nace de saber
que al salir de casa uno puede no volver a ver a los seres queridos, el miedo a
no sentirse valorado ni querido, el miedo a no tener otra oportunidad. Ellos
nos compartieron la misma experiencia que tuvieron los discípulos, han experimentado
el miedo que sólo conduce a un lugar: al encierro. Y cuando el miedo se
acovacha en el encierro siempre va acompañado por su «hermana gemela»: la
parálisis, sentirnos paralizados. Sentir que en este mundo, en nuestras
ciudades, en nuestras comunidades, no hay ya espacio para crecer, para soñar,
para crear, para mirar horizontes, en definitiva para vivir, es de los peores
males que se nos puede meter en la vida. La parálisis nos va haciendo perder el
encanto de disfrutar del encuentro, de la amistad; el encanto de soñar
juntos, de caminar con otros.
Pero en la vida hay otra parálisis todavía más peligrosa y muchas veces
difícil de identificar; y que nos cuesta mucho descubrir. Me gusta llamarla la
parálisis que nace cuando se confunde «felicidad» con un «sofá/kanapa
(canapé)». Sí, creer que para ser feliz necesitamos un buen sofá/canapé. Un
sofá que nos ayude a estar cómodos, tranquilos, bien seguros. Un sofá —como los
que hay ahora modernos con masajes adormecedores incluidos— que nos garantiza
horas de tranquilidad para trasladarnos al mundo de los videojuegos y pasar
horas frente a la computadora.
Un sofá contra todo tipo de dolores y temores. Un sofá que nos haga
quedarnos en casa encerrados, sin fatigarnos ni preocuparnos. La «sofá-felicidad»,
«kanapa-szczcie», es probablemente la parálisis silenciosa que más nos puede
perjudicar, ya que poco a poco, sin darnos cuenta, nos vamos quedando dormidos,
nos vamos quedando embobados y atontados mientras otros —quizás los más vivos,
pero no los más buenos— deciden el futuro por nosotros. Es cierto, para muchos
es más fácil y beneficioso tener a jóvenes embobados y atontados que confunden
felicidad con un sofá; para muchos eso les resulta más conveniente que tener
jóvenes despiertos, inquietos respondiendo al sueño de Dios y a todas las
aspiraciones del corazón.
Pero la verdad es otra: queridos jóvenes, no vinimos a este mundo a
«vegetar», a pasarla cómodamente, a hacer de la vida un sofá que nos adormezca;
al contrario, hemos venido a otra cosa, a dejar una huella. Es muy triste pasar
por la vida sin dejar una huella. Pero cuando optamos por la comodidad, por
confundir felicidad con consumir, entonces el precio que pagamos es muy, pero
que muy caro: perdemos la libertad.
Ahí está precisamente una gran parálisis, cuando comenzamos a pensar que
felicidad es sinónimo de comodidad, que ser feliz es andar por la vida dormido
o narcotizado, que la única manera de ser feliz es ir como atontado. Es cierto
que la droga hace mal, pero hay muchas otras drogas socialmente aceptadas que
nos terminan volviendo tanto o más esclavos. Unas y otras nos despojan de
nuestro mayor bien: la libertad.
Amigos, Jesús es el Señor del riesgo, del siempre «más allá». Jesús no
es el Señor del confort, de la seguridad y de la comodidad. Para seguir a
Jesús, hay que tener una cuota de valentía, hay que animarse a cambiar el sofá
por un par de zapatos que te ayuden a caminar por caminos nunca soñados y menos
pensados, por caminos que abran nuevos horizontes, capaces de contagiar alegría,
esa alegría que nace del amor de Dios, la alegría que deja en tu corazón cada
gesto, cada actitud de misericordia. Ir por los caminos siguiendo la «locura»
de nuestro Dios que nos enseña a encontrarlo en el hambriento, en el sediento,
en el desnudo, en el enfermo, en el amigo caído en desgracia, en el que está
preso, en el prófugo y el emigrante, en el vecino que está solo. Ir por los
caminos de nuestro Dios que nos invita a ser actores políticos, pensadores,
movilizadores sociales.
Que nos incita a pensar una economía más solidaria. En todos los ámbitos
en los que ustedes se encuentren, ese amor de Dios nos invita llevar la buena
nueva, haciendo de la propia vida un homenaje a él y a los demás.
Podrán decirme: «Padre pero eso no es para todos, sólo es para algunos
elegidos». Sí, y estos elegidos son todos aquellos que estén dispuestos a
compartir su vida con los demás. De la misma manera que el Espíritu Santo
transformó el corazón de los discípulos el día de Pentecostés, lo hizo también
con nuestros amigos que compartieron sus testimonios. Uso tus palabras, Miguel,
vos nos decías que el día que en la Facenda te encomendaron la responsabilidad
de ayudar a que la casa funcionara mejor, ahí comenzaste a entender que Dios
pedía algo de ti. Así comenzó la transformación.
Ese es el secreto, queridos amigos, que todos estamos llamados a
experimentar. Dios espera algo de ti, Dios quiere algo de ti, Dios te espera a
ti. Dios viene a romper nuestras clausuras, viene a abrir las puertas de
nuestras vidas, de nuestras visiones, de nuestras miradas. Dios viene a abrir
todo aquello que te encierra. Te está invitando a soñar, te quiere hacer ver
que el mundo con vos puede ser distinto. Eso sí, si vos no ponés lo mejor de
vos, el mundo no será distinto.
El tiempo que hoy estamos viviendo, no necesita jóvenes-sofá,
mody-kanapa, sino jóvenes con zapatos; mejor aún, con los botines puestos. Sólo
acepta jugadores titulares en la cancha, no hay espacio para suplentes. El
mundo de hoy les pide que sean protagonistas de la historia porque la vida es
linda siempre y cuando querramos vivirla, siempre y cuando querramos dejar una
huella. La historia hoy nos pide que defendamos nuestra dignidad y no dejemos
que sean otros los que decidan nuestro futuro. El Señor, al igual que en
Pentecostés, quiere realizar uno de los mayores milagros que podamos
experimentar: hacer que tus manos, mis manos, nuestras manos se transformen en
signos de reconciliación, de comunión, de creación. Él quiere tus manos para
seguir construyendo el mundo de hoy. Él quiere construirlo con vos.
Me dirás, Padre, pero yo soy muy limitado, soy pecador, ¿qué puedo
hacer? Cuando el Señor nos llama no piensa en lo que somos, en lo que éramos,
en lo que hemos hecho o de dejado de hacer. Al contrario: él, en ese momento
que nos llama, está mirando todo lo que podríamos dar, todo el amor que somos
capaces de contagiar. Su apuesta siempre es al futuro, al mañana. Jesús te
proyecta al horizonte. Por eso, amigos, hoy Jesús te invita, te llama a dejar
tu huella en la vida, una huella que marque la historia, que marque tu historia
y la historia de tantos.
La vida de hoy nos dice que es mucho más fácil fijar la atención en lo
que nos divide, en lo que nos separa. Pretenden hacernos creer que encerrarnos
es la mejor manera para protegernos de lo que nos hace mal. Hoy los adultos
necesitamos de ustedes, que nos enseñen a convivir en la diversidad, en el
diálogo, en compartir la multiculturalidad, no como una amenaza sino, como una
oportunidad: tengan valentía para enseñarnos que es más fácil construir puentes
que levantar muros.
Y todos juntos pidamos que nos exijan transitar por los caminos de la
fraternidad. Construir puentes: ¿Saben cuál es el primer puente a construir? Un
puente que podemos realizarlo aquí y ahora: estrecharnos la mano, darnos la
mano. Anímense, hagan ahora, aquí, ese puente primordial, y dénse la mano. Es
el gran puente fraterno, y ojalá aprendan a hacerlo los grandes de este
mundo... pero no para la fotografía, sino para seguir construyendo puentes más
y más grandes. Que éste puente humano sea semilla de tantos otros; será una
huella.
Hoy Jesús, que es el camino, te llama a dejar tu huella en la historia.
Él, que es la vida, te invita a dejar una huella que llene de vida tu historia
y la de tantos otros. Él, que es la verdad, te invita a desandar los caminos
del desencuentro, la división y el sinsentido. ¿Te animas? ¿Qué responden tus
manos y tus pies al Señor, que es camino, verdad y vida?
Aunque
llegó un poco antes de lo previsto al Santuario de la Divina Misericordia ya lo
esperaban cientos de personas.
El Papa
Francisco hizo una breve pero significativa visita al lugar desde el que se
expandió por el mundo la devoción de la Divina Misericordia.
Rezó
unos instantes en silencio delante de la tumba de Santa Faustina Kowalska y de
la imagen de la Divina Misericordia que la religiosa polaca describió a partir de
sus visiones.
En
presencia de las hermanas de la Madre de Dios de la Misericordia, la
congregación de Santa Faustina, firmó el libro de honor del santuario, en el
que escribió "Misericordia quiero y no sacrificios”.
Después rezó un Avemaría.
Y se
trasladó así en papamóvil a la parte nueva del santuario. Desde su terraza
saludó a cientos de jóvenes que le esperaban desde hacía horas en el llamado
"prado de las confesiones”. Francisco les pidió que nunca
se alejen de Cristo.
FRANCISCO
"Nunca nos alejemos de Jesús aunque
pensemos que por nuestros pecados o nuestras faltas somos lo peor. Así nos
prefiere él, así su misericordia se derrama”.
Cinco
pequeños con discapacidad ofrecieron al Papa unos regalos. Y tras este tierno
encuentro, Francisco cruzó la puerta de la Divina Misericordia.
Y se
sentó en el confesionario para repartirla escuchando y confesando a cinco
jóvenes de distintas partes del mundo.
Antes de
marcharse bendijo un cuadro de la Divina Misericordia, y como no podía ser de
otra forma, pidió a los peregrinos que no se olvidaran de rezar por él.
El pasaje del Evangelio que hemos escuchado (cf. Jn 20,19-31) nos habla
de un lugar, de un discípulo y un libro.
El lugar es la casa en la que estaban los discípulos al anochecer del
día de la Pascua: de ella se dice sólo que sus puertas estaban cerradas (cf. v.
19). Ocho días más tarde, los discípulos estaban todavía en aquella casa, y sus
puertas también estaban cerradas (cf. v. 26). Jesús entra, se pone en medio y
trae su paz, el Espíritu Santo y el perdón de los pecados: en una palabra, la
misericordia de Dios. En este local cerrado resuena fuerte el mensaje que Jesús
dirige a los suyos: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (v.
21).
Jesús envía. Él desea desde el principio que la Iglesia esté de salida,
que vaya al mundo. Y quiere que lo haga tal como él mismo lo ha hecho, como él
ha sido mandado al mundo por el Padre: no como un poderoso, sino en forma de
siervo (cf. Flp 2,7), no «a ser servido, sino a servir» (Mc 10,45) y llevar la
Buena Nueva (cf. Lc 4,18); también los suyos son enviados así en todos los
tiempos. Llama la atención el contraste: mientras que los discípulos cerraban
las puertas por temor, Jesús los envía a una misión; quiere que abran las
puertas y salgan a propagar el perdón y la paz de Dios con la fuerza del Espíritu
Santo.
Esta llamada es también para nosotros. ¿Cómo no sentir aquí el eco de la
gran exhortación de san Juan Pablo II: «¡Abrid las puertas!»? No obstante, en
nuestra vida como sacerdotes y personas consagradas, se puede tener con
frecuencia la tentación de quedarse un poco encerrados, por miedo o por
comodidad, en nosotros mismos y en nuestros ámbitos. Pero la dirección que
Jesús indica es de sentido único: salir de nosotros mismos. Es un viaje sin
billete de vuelta. Se trata de emprender un éxodo de nuestro yo, de perder la
vida por él (cf. Mc 8,35), siguiendo el camino de la entrega de sí mismo. Por
otro lado, a Jesús no le gustan los recorridos a mitad, las puertas
entreabiertas, las vidas de doble vía. Pide ponerse en camino ligeros, salir
renunciando a las propias
seguridades, anclados únicamente en él.
En otras palabras, la vida de sus discípulos más cercanos, como estamos
llamados a ser, está hecha de amor concreto, es decir, de servicio y
disponibilidad; es una vida en la que no hay espacios cerrados ni propiedad
privada para nuestras propias comodidades. Quien ha optado por configurar toda
su existencia con Jesús ya no elige dónde estar, sino que va allá donde se le
envía, dispuesto a responder a quien lo llama; tampoco dispone de su propio tiempo.
La casa en la que reside no le pertenece, porque la Iglesia y el mundo son los
espacios abiertos de su misión. Su tesoro es poner al Señor en medio de la
vida, sin buscar otra para él. Huye, pues, de las situaciones gratificantes que
lo pondrían en el centro, no se sube a los estrados vacilantes de los poderes
del
mundo y no se adapta a las comodidades que aflojan la evangelización; no
pierde el tiempo en proyectar un futuro seguro y bien remunerado, para evitar
el riesgo convertirse en aislado y sombrío, encerrado entre las paredes
angostas de un egoísmo sin esperanza y sin alegría. Contento con el Señor, no
se conforma con una vida mediocre, sino que tiene un deseo ardiente de ser
testigo y de llegar a los otros; le gusta el riesgo y sale, no forzado por
caminos ya trazados, sino abierto y fiel a las rutas indicadas por el Espíritu:
contrario al «ir tirando», siente el gusto de evangelizar.
En segundo lugar, aparece en el Evangelio de hoy la figura de Tomás, el
único discípulo que se menciona. En su duda y su afán de entender —y también un
poco terco—, este discípulo se nos asemeja un poco, y hasta nos resulta
simpático. Sin saberlo, nos hace un gran regalo: nos acerca a Dios, porque Dios
no se oculta a quien lo busca. Jesús le mostró sus llagas gloriosas, le hizo
tocar con la mano la ternura infinita de Dios, los signos vivos de lo que ha
sufrido por amor a los hombres.
Para nosotros, los discípulos, es muy importante poner nuestra humanidad
en contacto con la carne del Señor, es decir, llevarle a él, con confianza y
total sinceridad, hasta el fondo, lo que somos. Jesús, como dijo a santa
Faustina, se alegra de que hablemos de todo, no se cansa de nuestras vidas, que
ya conoce; espera que la compartamos, incluso que le contemos cada día lo que
nos ha pasado (cf. Diario, 6 septiembre 1937). Así se busca a Dios, con una
oración que sea transparente y no se olvide de confiar y encomendar las
miserias, las dificultades y las resistencias. El corazón de Jesús se conquista
con la apertura sincera, con los corazones que saben reconocer y llorar las
propias debilidades, confiados en que precisamente allí actuará la divina
misericordia.
¿Qué es lo que nos pide Jesús? Quiere corazones verdaderamente
consagrados, que viven del perdón que han recibido de él, para derramarlo con
compasión sobre los hermanos. Jesús busca corazones abiertos y tiernos con los
débiles, nunca duros; corazones dóciles y transparentes, que no disimulen ante
los que tienen la misión en la Iglesia de orientar en el camino. El discípulo no
rechaza hacerse preguntas, tiene la valentía de sentir la duda y de llevarla al
Señor, a los formadores y a los superiores, sin cálculos ni reticencias. El
discípulo fiel lleva a cabo un discernimiento atento y constante, sabiendo que
cada día hay que educar el corazón, a partir de los afectos, para huir de toda
doblez en las actitudes y en la vida.
El apóstol Tomás, al final de su búsqueda apasionada, no sólo ha llegado
a creer en la resurrección, sino que ha encontrado en Jesús lo más importante
de la vida, a su Señor; le dijo: «Señor mío y Dios mío» (v. 28). Nos hará bien
rezar cada día estas palabras espléndidas, para decirle: «Eres mi único bien,
la ruta de mi camino, el corazón de mi vida, mi todo. En el último versículo
que hemos escuchado, se habla, en fin, de un libro: es el Evangelio, en el que
no están escritos muchos otros signos que hizo Jesús (v. 30). Después del gran
signo de su misericordia —podemos pensar—, ya no se ha necesitado añadir nada
más. Pero queda todavía un desafío, queda espacio para los signos que podemos
hacer nosotros, que hemos recibido el Espíritu del amor y estamos llamados a
difundir la misericordia. Se puede decir que el Evangelio, libro vivo de la
misericordia de Dios, que hay que leer y releer continuamente, todavía tiene al
final páginas en blanco: es un libro abierto, que estamos llamados a escribir
con el mismo estilo, es decir, realizando obras de misericordia. Os
pregunto: ¿Cómo están las páginas del libro de cada uno de vosotros? ¿Se
escriben cada día? ¿Están escritas sólo en parte? ¿Están en blanco? Que la
Madre de Dios nos ayude en ello: que ella, que ha acogido plenamente la Palabra
de Dios en su vida (cf. Lc 8,20-21), nos de la gracia de ser escritores vivos
del Evangelio; que nuestra Madre de misericordia nos enseñe a curar
concretamente las llagas de Jesús en nuestros hermanos y hermanas necesitados,
de los cercanos y de los lejanos, del enfermo y del emigrante, porque sirviendo
a quien sufre se honra a la carne de Cristo. Que la Virgen María nos ayude a
entregarnos hasta el final por el bien de los fieles que se nos han confiado y
a sostenernos los unos a los otros, como verdaderos hermanos y hermanas en la
comunión de la Iglesia, nuestra santa Madre.
Queridos hermanos y hermanas, cada uno de nosotros guarda en el corazón
una página personalísima del libro de la misericordia de Dios: es la historia
de nuestra llamada, la voz del amor que atrajo y transformó nuestra vida,
llevándonos a dejar todo por su palabra y a seguirlo (cf. Lc 5,11). Reavivemos
hoy, con gratitud, la memoria de su llamada, más fuerte que toda resistencia y
cansancio. Demos gracias al Señor continuando con la celebración eucarística,
centro de nuestra vida, porque ha entrado en nuestras puertas cerradas con su
misericordia; porque nos da la gracia de seguir escribiendo su Evangelio de
amor.
Al
terminar una intensa jornada más en Polonia, el Papa Francisco se asomó de
nuevo al balcón del arzobispado de Cracovia.
Resumió
este viernes como un "día de dolor”. Por la mañana visitó el campo de
exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau. Por la tarde un hospital infantil con
muchos niños gravemente enfermos y también compartió con los jóvenes el rezo
del Via Crucis.
Planteó a
los peregrinos que le esperaban en la calle una intensa pregunta que le suscitó
su visita al campo de concentración.
FRANCISCO
"¡Cuánto
dolor!, ¡cuánta crueldad! ¿Cómo es posible que nosotros, los hombres creados a
semejanza de Dios seamos capaces de hacer estas cosas?”
También
les explicó que, por desgracia, la crueldad de Auschwitz
sigue presente en el mundo.
FRANCISCO
"Hoy
existe esta crueldad. No decimos "sí, la hemos visto hace 70 años”. Como
morían fusilados, golpeados o con el gas. Hoy en tantos lugares del mundo donde
hay guerra sucede lo mismo. Jesús ha venido por esta realidad. Para llevarla a
sus espaldas y nos pide que recemos. Recemos por todos los "Jesús” que hay
en el mundo”.
Rezó
junto a los peregrinos por todas las personas encarceladas, torturadas o que
son víctimas de las guerras.
Después
les pidió que no se olviden tampoco de rezar por él.
El parque Blonia fue el escenario del emotivo Via
Crucis de la JMJ que estuvo presidido por el Papa Francisco.
Cada estación fue acompañada de una creativa presentación. Por ejemplo
la tercera, con este ballet que representa la primera caída de Cristo al son
del clásico Miserere Mei Deus de Gregorio Allegri.
O esta escena, la sexta estación: Un ballet en el que la Verónica limpia
el rostro de Cristo.
En la décima esta espectacular representación explica el momento en que
Cristo es despojado de sus vestiduras.
Jóvenes de todo el mundo cargaron con la cruz de la JMJ. Algunos
eran refugiado sirios. Otros no habían tenido un hogar
en su vida. Otros tenían algún tipo de discapacidad. También la
llevaron algunas religiosas como las Misioneras de la Caridad de Madre Teresa.
Se pidió por los enfermos, por los pobres, por quienes sufren la
tragedia de la emigración forzosa como los refugiados de Grecia o Lampedusa.
Los jóvenes también rezaron para poder construir juntos un mundo distinto.
El Papa en un fuerte discurso explicó que aunque no hay respuestas humanas para muchas preguntas, Dios está con los
que sufren. Precisamente saludó a unos jóvenes que saben mucho
de eso, los peregrinos sirios.
FRANCISCO
"En
esta tarde, Jesús y nosotros con él abraza con especial amor a nuestros
hermanos sirios, que huyeron de la guerra. Los saludamos y acogemos con amor
fraternal y simpatía”.
Dijo que el signo distintivo de un auténtico cristiano su actitud de
servicio a Cristo a través de los perseguidos, necesitados o enfermos.
FRANCISCO
"Nuestra
credibilidad como cristianos depende del modo en que acogemos a los marginados
que están heridos en el cuerpo y al pecador herido en el alma. No en las ideas,
está ahí”.
Con palabras contundentes recordó a los jóvenes que la Humanidad
necesita a personas comprometidas con los más pobres y débiles. Y advirtió de que lo contrario sería renegar del propio
Cristo.
FRANCISCO
"Ante
el mal, el sufrimiento, el pecado, la única respuesta posible para el discípulo
de Jesús es el don de sí mismo, incluso de la vida, a imitación de Cristo; es
la actitud de servicio. Si uno, que se dice cristiano, no vive para servir, no
sirve para vivir. Con su vida reniega de Jesucristo”.
Por último, el Papa les invitó a que sigan el camino de la Cruz, que no
es para masoquistas sino para aquellos que quieren sembrar esperanza en el
mundo.
Estas palabras de Jesús responden a la pregunta que
a menudo resuena en nuestra mente y en nuestro corazón: «¿Dónde está Dios?».
¿Dónde está Dios, si en el mundo existe el mal, si hay gente que pasa hambre o
sed, que no tienen hogar, que huyen, que buscan refugio? ¿Dónde está Dios
cuando las personas inocentes mueren a causa de la violencia, el terrorismo,
las guerras? ¿Dónde está Dios, cuando enfermedades terribles rompen los lazos
de la vida y el afecto? ¿O cuando los niños son explotados, humillados, y también
sufren graves patologías? ¿Dónde está Dios, ante la inquietud de los que dudan
y de los que tienen el alma afligida? Hay preguntas para las cuales no hay
respuesta humana. Sólo podemos mirar a Jesús, y preguntarle a él. Y la
respuesta de Jesús es esta: «Dios está en ellos», Jesús está en ellos, sufre en
ellos, profundamente identificado con cada uno. Él está tan unido a ellos, que
forma casi como «un solo cuerpo».
Jesús mismo eligió identificarse con estos hermanos y hermanas que sufren por
el dolor y la angustia, aceptando recorrer la vía dolorosa que lleva al
calvario. Él, muriendo en la cruz, se entregó en las manos del Padre y, con
amor que se entrega, cargó consigo las heridas físicas, morales y espirituales
de toda la humanidad. Abrazando el madero de la cruz, Jesús abrazó la desnudez
y el hambre, la sed y la soledad, el dolor y la muerte de los hombres y mujeres
de todos los tiempos. En esta tarde, Jesús —y nosotros con él— abraza con
especial amor a nuestros hermanos sirios, que huyeron de la guerra. Los
saludamos y acogemos con amor fraternal y simpatía.
Recorriendo la Via Crucis de Jesús, hemos
descubierto de nuevo la importancia de configurarnos con él mediante las 14
obras de misericordia. Ellas nos ayudan a abrirnos a la misericordia de Dios, a
pedir la gracia de comprender que sin la misericordia no se puede hacer nada,
sin la misericordia yo, tú, todos nosotros, no podemos hacer nada. Veamos
primero las siete obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento;
dar de beber al sediento; vestir al desnudo; acoger al forastero; asistir al
enfermo; visitar a los presos; enterrar a los muertos. Gratis lo hemos
recibido, gratis lo hemos de dar. Estamos llamados a servir a Jesús crucificado
en toda persona marginada, a tocar su carne bendita en quien está excluido,
tiene hambre o sed, está desnudo, preso, enfermo, desempleado, perseguido,
refugiado, emigrante. Allí encontramos a nuestro Dios, allí tocamos al Señor.
Jesús mismo nos lo ha dicho, explicando el «protocolo» por el cual seremos
juzgados: cada vez que hagamos esto con el más pequeño de nuestros hermanos,
lo hacemos con él (cf. Mt 25,31-46).
Después de las obras de misericordia corporales
vienen las espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no
sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar
con paciencia a las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los
difuntos. Nuestra credibilidad como cristianos depende del modo en que acogemos
a los marginados que están heridos en el cuerpo y al pecador herido en el alma.
No en las ideas sino ahí.
Hoy la humanidad necesita hombres y mujeres, y en
especial jóvenes como vosotros, que no quieran vivir sus vidas «a medias»,
jóvenes dispuestos a entregar sus vidas para servir generosamente a los
hermanos más pobres y débiles, a semejanza de Cristo, que se entregó
completamente por nuestra salvación. Ante el mal, el sufrimiento, el pecado, la
única respuesta posible para el discípulo de Jesús es el don de sí mismo,
incluso de la vida, a imitación de Cristo; es la actitud de servicio. Si uno,
que se dice cristiano, no vive para servir, no sirve para vivir. Con su vida
reniega de Jesucristo.
En esta tarde, queridos jóvenes, el Señor os invita
de nuevo a que seáis protagonistas de vuestro servicio; quiere hacer de
vosotros una respuesta concreta a las necesidades y sufrimientos de la
humanidad; quiere que seáis un signo de su amor misericordioso para nuestra
época. Para cumplir esta misión, él os señala la vía del compromiso personal y
del sacrificio de sí mismo: es la vía de la cruz. La vía de la cruz es la vía
de la felicidad de seguir a Cristo hasta el final, en las circunstancias a
menudo dramáticas de la vida cotidiana; es la vía que no teme el fracaso, el
aislamiento o la soledad, porque colma el corazón del hombre de la plenitud de
Cristo. La vía de la cruz es la vía de la vida y del estilo de Dios, que Jesús
manda recorrer a través también de los senderos de una sociedad a veces
dividida, injusta y corrupta.
El camino de la Cruz no es sadomasoquista. El
camino de la Cruz es la única que vence el pecado, el mal y la muerte, porque
desemboca en la luz radiante de la resurrección de Cristo, abriendo el
horizonte a una vida nueva y plena. Es la vía de la esperanza y del futuro.
Quien la recorre con generosidad y fe, da esperanza y futuro a la humanidad.Yo
querría que fueráis sembradores de esperanza.
Queridos jóvenes, en aquel Viernes Santo muchos
discípulos regresaron a sus casas tristes, otros prefirieron ir al campo para
olvidar la cruz. Me pregunto: ¿Cómo deseáis regresar esta noche a vuestras
casas, a vuestros alojamientos? ¿Cómo deseáis volver esta noche a encontraros
con vosotros mismos? El mundo os mira. Corresponde a cada uno de vosotros
responder al desafío de esta pregunta.
En silencio y solo. Francisco quiso
visitar Auschwitz no para hablar sino para escuchar. Atravesó la mítica entrada
donde los prisioneros podían leer este perverso mensaje: "el trabajo
libera”; y allí, sentado en un sencillo banco, estuvo unos 15 minutos rezando
en silencio.
Como hizo ante el monumento que
recuerda el genocidio de los armenios, el Papa quiso que su visita al campo de
concentración nazi tuviera el mismo tono: el del recuerdo silencioso de una
tragedia que muestra el lado más cruel del ser humano.
Saludó uno a uno a 10 supervivientes
del Holocausto en la plaza donde los prisioneros eran fusilados; frente al "muro
de la muerte”, hoy reconstruido. A sus pies el Papa depositó una vela y apoyó
con fuerza la mano sobre él.
Francisco cumplió su deseo de rezar durante unos minutos en la diminuta celda oscura donde murió
San Maximiliano Kolbe, el fraile franciscano que se ofreció a morir en lugar de
otro preso, padre de familia. Al terminar dejó escrito este
mensaje.
En Birkenau, se escuchó el Salmo 130,
el dolorido canto del desesperado que pide ayuda a Dios desde las profundidades
y rindió homenaje al memorial por las personas que murieron en los campos de
concentración durante la II Guerra Mundial. Entre los asistentes también había 25 personas que salvaron judíos del Holocausto.
Francisco quiso una visita
silenciosa, visita destinada a contemplar; quizás porque no hay palabras que
describan uno de los mayores horrores de la historia.
Jesús,
manso y humilde de corazón, haz mi corazón parecido al tuyo.
Del deseo de ser alabado,
Líbrame, Señor
Del deseo de ser honrado,
Líbrame, Señor
Del deseo de ser aplaudido,
Líbrame, Señor
Del deseo de ser preferido a otros,
Líbrame, Señor
Del deseo de ser consultado,
Líbrame, Señor
Del deseo de ser aceptado,
Líbrame, Señor
Del temor a ser humillado,
Líbrame, Señor
Del temor a ser despreciado,
Líbrame, Señor
Del temor a ser reprendido,
Líbrame, Señor
Del temor a ser calumniado,
Líbrame, Señor
Del temor a ser olvidado,
Líbrame, Señor
Del temor a ser ridiculizado,
Líbrame, Señor
Del temor a ser injuriado,
Líbrame, Señor
Del temor a ser rechazado,
Líbrame, Señor
Antes de cada frase decir: Concédeme, Señor, el deseo de…
Que otros sean más amados que yo,
Concédeme, Señor, el deseo
Que otros sean más estimados que yo,
Concédeme, Señor, el deseo
Que otros crezcan susciten mejor opinión
de la gente y yo disminuya, Concédeme, Señor, el deseo
Que otros sean alabados y de mí no se
haga caso, Concédeme, Señor, el deseo
Que otros sean empleados en cargos y a
mí se me juzgue inútil, Concédeme, Señor, el deseo
Que otros sean preferidos a mí en
todo,
Concédeme, Señor, el deseo
Que los demás sean más santos que yo
con tal que yo sea todo lo santo que pueda, Concédeme, Señor, el deseo
de ser desconocido y pobre, Señor, me
alegraré, Concédeme, Señor, el deseo
de estar desprovisto de perfecciones
naturales de cuerpo y de espíritu, Concédeme, Señor, el deseo.
Bienaventurados los que son
perseguidos por causa de la justicia,
porque suyo es el Reino de los Cielos.
ORACIÓN:
Dios mío, no soy más que polvo y
ceniza.
Reprime los movimientos de orgullo que
se elevan en mi alma.
Enséñame a despreciarme a mí mismo,
Vos que resistís a los soberbios y que
dais vuestra gracia a los humildes.
Por Jesús, manso y humilde de Corazón.
Amén.
AL REZAR esta
letanía, tú estás pidiendo la gracia para vivir una vida cristiana genuina.
Estas son las gracias
•
de
echar a un lado tus intentos de sentirte bien contigo mismo;
•
de
vencer la repugnancia que sientes de ser herido emocionalmente por los demás;
•
procurar
el bien de los demás en todas las cosas, echando toda la competencia, incluso a
expensas tuyas.
De todas
maneras, vamos a cuidarnos para que se haga en una forma saludable
psicológicamente.
Es bueno
cuando a nuestro trabajo se le da reconocimiento y es apreciado; el punto
espiritual es que no debemos apetecer esa admiración como un aspecto de la identidad, personal, sino que debemos de
aceptar todos los beneficios de nuestros trabajos en alabanza a Cristo, quien
se vació a si mismo por nuestro bien, quien sufrió por nuestra causa, quien
murió en la cruz por nosotros, y por quien, por servicio a Él, hacemos nuestros
trabajos. En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la
cruz de nuestro Señor Jesucristo . . . ! (Gálatas 6: 14).
Todos, de
manera similar, nos sentimos heridos cuando alguien nos insulta; de todos modos, el punto
espiritual es que no debemos levantar las defensas para protegernos a nosotros
mismos del dolor de ser insultados, sino que siempre debemos, aun en nuestro
dolor más intenso, confiar en Cristo, pues únicamente Él nos cuidará de todo
peligro. No tengáis miedo, como dice Jesús repetidamente a través
de los Evangelios.
Finalmente,
el “poner a los demás primero” fluye en contra la auto-preservación natural; de
todos modos, el punto espiritual es que no debemos competircon
los demás para satisfacer nuestro orgullo, sino poner a un lado
nuestro orgullo en la esperanza de que otros puedan salvarse de
la condenación por causa de nuestra propia obsesión desesperada con la
auto-preservación.
Más aún,
no debemos poner a un lado nuestro orgullo como una forma de masoquismo o
de auto-desprecio; en toda nuestra caridad hacia los demás nunca debemos abandonar
la responsabilidad de
desarrollar nuestros talentos al máximo, para que podamos servirle a Cristo
eficazmente y gozosamente, en amor puro.
¿Quién escribió estas letanías?
El Cardenal RAFAEL MERRY DEL VAL (1865-1930),
Secretario de Estado de San Pío X de 1903 a 1914, nació en una familia tan
prestigiosa como modesta la del Pontífice. Educado en Inglaterra y en
Bélgica, políglota, miembro de la alta aristocracia europea, frecuentaba la
élite diplomática del continente.
Su carrera en Roma fue fulgurante.
Entró en la Academia de los nobles eclesiásticos, institución que forma a los
futuros directivos de la diplomacia vaticana. Obtuvo dos doctorados (filosofía
y teología) en la Universidad Pontificia Gregoriana, y una licenciatura en derecho
canónico.