¿NO ESTOY YO AQUÍ QUE SOY TU MADRE?
“SÁBELO, TEN POR CIERTO, HIJO MÍO EL MÁS PEQUEÑO, QUE YO SOY LA PERFECTA SIEMPRE VIRGEN SANTA MARÍA, MADRE DEL VERDADERÍSIMO DIOS POR QUIEN SE VIVE, EL CREADOR DE LAS PERSONAS, EL DUEÑO DE LA CERCANÍA Y DE LA INMEDIACIÓN, EL DUEÑO DEL CIELO, EL DUEÑO DE LA TIERRA, MUCHO DESEO QUE AQUÍ ME LEVANTEN MI CASITA SAGRADA, EN DONDE LO MOSTRARÉ, LO ENSALZARÉ AL PONERLO DE MANIFIESTO: LO DARÉ A LAS GENTES EN TODO MI AMOR PERSONAL, EN MI MIRADA COMPASIVA, EN MI AUXILIO, EN MI SALVACIÓN: PORQUE YO EN VERDAD SOY VUESTRA MADRE COMPASIVA, TUYA Y DE TODOS LOS HOMBRES QUE EN ESTA TIERRA ESTÁIS EN UNO, Y DE LAS DEMÁS VARIADAS ESTIRPES DE HOMBRES, MIS AMADORES, LOS QUE A MÍ CLAMEN, LOS QUE ME BUSQUEN, LOS QUE CONFÍEN EN MÍ, PORQUE ALLÍ LES ESCUCHARÉ SU LLANTO, SU TRISTEZA, PARA REMEDIAR PARA CURAR TODAS SUS DIFERENTES PENAS, SUS MISERIAS, SUS DOLORES…". "ESCUCHA, PÓNLO EN TU CORAZÓN, HIJO MÍO EL MENOR, QUE NO ES NADA LO QUE TE ESPANTÓ, LO QUE TE AFLIGIÓ, QUE NO SE PERTURBE TU ROSTRO, TU CORAZÓN; NO TEMAS ESTA ENFERMEDAD NI NINGUNA OTRA ENFERMEDAD, NI COSA PUNZANTE, AFLICTIVA. ¿NO ESTOY AQUÍ, YO, QUE SOY TU MADRE? ¿NO ESTÁS BAJO MI SOMBRA Y RESGUARDO? ¿NO SOY, YO LA FUENTE DE TU ALEGRÍA? ¿NO ESTÁS EN EL HUECO DE MI MANTO, EN EL CRUCE DE MIS BRAZOS? ¿TIENES NECESIDAD DE ALGUNA OTRA COSA?. QUE NINGUNA OTRA COSA TE AFLIJA, TE PERTURBE; …” Palabras de Nuestra Señora de Guadalupe a San Juan Diego, tomadas del Nican Mopohua.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

LA PARROQUIA SANTA MARÍA DE GUADALUPE DE CARTAGENA DE INDIAS (COLOMBIA) LES DESEA A TODOS UNA MUY FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO AÑO NUEVO


*    Alemania: Fröhliche Weihnachten.
*    Bélgica: Zalige Kertfeest.
*    Bulgaria: Tchestito Rojdestvo Hristovo, Tchestita Koleda, i Shtastliva Nova Godina.
*    Dinamarca: Glaedelig Jul.
*    Eslovenia: Srecen Bozic.
*    España: ¡Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo!
*    Reino Unido: Happy Christmas.
*    Finlandia: Hauskaa Joulua.
*    Francia: Joyeux Noel.
*    Grecia: Eftihismena Christougenna.
*    Hungria: Kellemes karácsonyi ünnepeket és Boldog újévet!.
*    Irlanda: Nodlig mhaith chugnat.
*    Italia: Buon Natale.
*    Lituania: Linksmu Kaledu ir laimingu Nauju metu.
*    Luxemburgo: Schéi Krëschtdeeg an e Schéint Néi Joer.
*    Polonia: Boze Narodzenie.
*    Portugal: Boas Festas.
*    Rumania: Sarbatori vesele.
*    Suecia: God Jul.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

UNETE A LA CAMPAÑA "UN MILLÓN DE ROSARIOS DIARIOS POR LA PAZ DE COLOMBIA Y LA LIBERACIÓN DE LOS SECUESTRADOS"


El objetivo de esta campaña es reunir los datos de un Millon de Personas Orando diariamente el Santo Rosario por la Paz de Colombia y la liberacion de todos los Secuestrados.

La campaña que se inició en Sogamoso el 7 de Octubre de 2007, día del Santo Rosario, tiene como objetivo unir, a un millón de personas en la oración del Santo Rosario para pedir al Señor por medio de la Virgen el don de la Paz.



Propuesta de la Conferencia Episcopal de Colombia. 
Pidamos juntos.

ORACIÓN
POR LA PRONTA LIBERACIÓN
DE LOS SECUESTRADOS


Dios compasivo y misericordioso,
que nos creaste para vivir en la libertad de hijos tuyos,
atiende bondadosamente el clamor del pueblo Colombiano
que implora con fe y esperanza
la pronta liberación de todos los secuestrados.

Fortalece, consuela y reanima a sus familiares y amigos
con la acción de tu Espíritu Santo,
y, haz que, con nuestra confianza puesta en Ti,
obtengamos la ayuda que tanto necesitamos.

Que todos los esfuerzos que se adelantan
en orden a lograr el acuerdo humanitario no sean en vano
y alcancen un feliz resultado.

Escúchanos, por intercesión de María Virgen,
consuelo de los afligidos y auxilio de los cristianos,
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Amén

jueves, 17 de noviembre de 2011

viernes, 11 de noviembre de 2011

LA PRIMERA ETAPA DEL ITINERARIO DE LOS "FILIPENSES" ,CARTAS DE SAN PABLO MOTIVAN LOS ITINERARIOS 2012


Para el año 2012, dentro del marco del ESTUDIO DE LA PALABRA a través de la MISIÓN PERMANENTE, empezaremos a estudiar LAS CARTAS PAULINAS, dando inicio con el ITINERARIO DE "LOS FILIPENSES".

martes, 1 de noviembre de 2011

CARTAGENA DE INDIAS... TIERRA DE SANTOS

 SAN LUÍS BELTRÁN 


Luis Beltrán nació en la Ciudad de Valencia (España) el 1 de enero de 1526, hijo de Luis Beltrán y Ángela Eixarch. Ingresó en el convento de los dominicos de Valencia el año 1544.
Fue, como otros muchos dominicos, como misionero a América. Desembarcó en Cartagena de Indias y ejercitó su labor misionera en la región del Bajo Magdalena. En 1568 fue elegido Prior del convento de Santo Domingo, en Santa Fe de Bogotá. La crueldad, la avaricia y los abusos de los encomenderos de los oficiales reales ocupados en la conquista de esas tierras y la opresión de los indígenas, fueron los principales obstáculos que hubo que vencer en su trabajo misionero y cansado de no poder remediar esos males solicitó el traslado a Europa. Existen varias leyendas e historias sobre los conflictos que este fraile tuvo con los conquistadores, quienes intentaron asesinarlo en repetidas ocasiones.
 
SAN PEDRO CLAVER
 

 
Pedro Claver Corberó conocido como San Pedro Claver, nació en Verdú, Cataluña en 1580 y murió en Cartagena de Indias el 9 de septiembre de 1654, fue un misionero y sacerdote jesuita español, conocido sobre todo por su entrega a aliviar el sufrimiento de los esclavos del puerto negrero de Cartagena de Indias. Es el patrono de los esclavos.

Pedro no podía cambiar el sistema. Pero si había mucho que se podía hacer con la gracia de Dios. Pero hacía falta tener mucha fe y mucho amor. Pedro supo dar la talla. En la escuela del gran misionero, el padre Alfonso Sandoval, Pedro escribió: "Ego Petrus Claver, etiopum semper servus" yo Pedro Claver, de los negros esclavo para siempre". Así fue. San Pedro no se limitó a quejarse de las injusticias o a lamentarse de los tiempos en que vivía. Supo ser santo en aquella situación y dejarse usar por Jesucristo plenamente para su obra de misericordia. En Cartagena durante cuarenta años de intensa labor misionera se convirtió en apóstol de los esclavos negros. Entre tantos cristianos acomodados a los tiempos, el supo ser luz y sal, supo hacer constar para la historia lo que es posible para Dios en un alma que tiene fe.

SANTA MARÍA BERNARDA BÚTLER


María Bernarda, nació y fue bautizada en Auw (cantón de Argovia, Suiza) el día 28 de mayo de 1848.

En 1895 la madre María Bernarda y más de 15 hermanas tuvieron que huir de Ecuador, a causa de una violenta persecución contra la Iglesia. En el puerto de Bahía se embarcaron rumbo a Colombia. Durante la travesía recibieron la invitación de Mons. Eugenio Biffi, obispo de Cartagena de Indias, a trabajar en su diócesis. El día 2 de agosto de 1895 llegaron al puerto de Cartagena. Mons. Biffi las atendió paternalmente y les asignó como residencia un ala del hospital de mujeres, llamado Obra Pía, donde María Bernarda murió años más tarde.
Las Dimensiones principales de su vida fueron la intensa oración, el apostolado, el servicio a los enfermos y desamparados, y la dirección de la Congregación en que se convirtió lo que en principio iba a ser una casa filial del monasterio suizo. El 29 de octubre de 1995, Juan Pablo II la beatificó junto a otras dos hijas espirituales de san Francisco: María Teresa Sherer (16 de junio) y Margarita Bays (27 de junio). Benedicto XVI la canonizó el 12 de octubre del año 2008 junto a otros tres beatos, entre los cuales está santa Alfonsa de la Inmaculada Concepción (28 de julio).

jueves, 20 de octubre de 2011

TEXTO COMPLETO DE LA CARTA APOSTÓLICA "PORTA FIDEI" DE S.S. BENEDICTO XVI



Carta Apostólica en forma de Motu Proprio PORTA FIDEI del Sumo Pontífice Benedicto XVI con la que se convoca el AÑO DE LA FE

1. «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo –equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.

2. Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. En la homilía de la santa Misa de inicio del Pontificado decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud». Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.

3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.

4. A la luz de todo esto, he decidido convocar un Año de la fe. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. En la fecha del 11 de octubre de 2012, se celebrarán también los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por mi Predecesor, el beato Papa Juan Pablo II, con la intención de ilustrar a todos los fieles la fuerza y belleza de la fe. Este documento, auténtico fruto del Concilio Vaticano II, fue querido por el Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985 como instrumento al servicio de la catequesis, realizándose mediante la colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica. Y precisamente he convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en el mes de octubre de 2012, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe. No es la primera vez que la Iglesia está llamada a celebrar un Año de la fe. Mi venerado Predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI, proclamó uno parecido en 1967, para conmemorar el martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en el décimo noveno centenario de su supremo testimonio. Lo concibió como un momento solemne para que en toda la Iglesia se diese «una auténtica y sincera profesión de la misma fe»; además, quiso que ésta fuera confirmada de manera «individual y colectiva, libre y consciente, interior y exterior, humilde y franca». Pensaba que de esa manera toda la Iglesia podría adquirir una «exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla». Las grandes transformaciones que tuvieron lugar en aquel Año, hicieron que la necesidad de dicha celebración fuera todavía más evidente. Ésta concluyó con la Profesión de fe del Pueblo de Dios, para testimoniar cómo los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado.

5. En ciertos aspectos, mi Venerado Predecesor vio ese Año como una «consecuencia y exigencia postconciliar», consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación. He pensado que iniciar el Año de la fe coincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza». Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia».

6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó. Precisamente el Concilio, en la Constitución dogmática Lumen gentium, afirmaba: «Mientras que Cristo, “santo, inocente, sin mancha” (Hb 7, 26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5, 21), sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17), la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación. La Iglesia continúa su peregrinación “en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios”, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26). Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz».
En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17).

7. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo». El santo Obispo de Hipona tenía buenos motivos para expresarse de esta manera. Como sabemos, su vida fue una búsqueda continua de la belleza de la fe hasta que su corazón encontró descanso en Dios. Sus numerosos escritos, en los que explica la importancia de creer y la verdad de la fe, permanecen aún hoy como un patrimonio de riqueza sin igual, consintiendo todavía a tantas personas que buscan a Dios encontrar el sendero justo para acceder a la «puerta de la fe».

Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios.

8. En esta feliz conmemoración, deseo invitar a los hermanos Obispos de todo el Orbe a que se unan al Sucesor de Pedro en el tiempo de gracia espiritual que el Señor nos ofrece para rememorar el don precioso de la fe. Queremos celebrar este Año de manera digna y fecunda. Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo. Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre. En este Año, las comunidades religiosas, así como las parroquiales, y todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la manera de profesar públicamente el Credo.

9. Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza». Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año.

No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón».

10. En este sentido, quisiera esbozar un camino que sea útil para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento. El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.

A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente. Cuenta san Lucas que Pablo, mientras se encontraba en Filipos, fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas mujeres; entre estas estaba Lidia y el «Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16, 14). El sentido que encierra la expresión es importante. San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios.

Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso.

La misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario. En efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia. En la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe el bautismo, signo eficaz de la entrada en el pueblo de los creyentes para alcanzar la salvación. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «“Creo”: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. “Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. “Creo”, es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: “creo”, “creemos”».

Como se puede ver, el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia. El conocimiento de la fe introduce en la totalidad del misterio salvífico revelado por Dios. El asentimiento que se presta implica por tanto que, cuando se cree, se acepta libremente todo el misterio de la fe, ya que quien garantiza su verdad es Dios mismo que se revela y da a conocer su misterio de amor.

Por otra parte, no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre». Esta exigencia constituye una invitación permanente, inscrita indeleblemente en el corazón humano, a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido. La fe nos invita y nos abre totalmente a este encuentro.

11. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II. En la Constitución apostólica Fidei depositum, firmada precisamente al cumplirse el trigésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, el beato Juan Pablo II escribía: «Este Catecismo es una contribución importantísima a la obra de renovación de la vida eclesial... Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial».

Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica. En efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe.

En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración.

12. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural. Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede, redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.

En efecto, la fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad.

13. A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.

Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.

Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).

Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28). Creyeron en las palabras con las que anunciaba el Reino de Dios, que está presente y se realiza en su persona (cf. Lc 11, 20). Vivieron en comunión de vida con Jesús, que los instruía con sus enseñanzas, dejándoles una nueva regla de vida por la que serían reconocidos como sus discípulos después de su muerte (cf. Jn 13, 34-35). Por la fe, fueron por el mundo entero, siguiendo el mandato de llevar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15) y, sin temor alguno, anunciaron a todos la alegría de la resurrección, de la que fueron testigos fieles.

Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos sus bienes para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch 2, 42-47).

Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores.

Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar. Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-19).

Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban.

También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia.

14. El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).

La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40): estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1).

15. Llegados sus últimos días, el apóstol Pablo pidió al discípulo Timoteo que «buscara la fe» (cf. 2 Tm 2, 22) con la misma constancia de cuando era niño (cf. 2 Tm 3, 15). Escuchemos esta invitación como dirigida a cada uno de nosotros, para que nadie se vuelva perezoso en la fe. Ella es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo. Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.

«Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero. Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.

Confiemos a la Madre de Dios, proclamada «bienaventurada porque ha creído» (Lc 1, 45), este tiempo de gracia.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de octubre del año 2011, séptimo de mi Pontificado.
Traducción: Secretaria de Estado

miércoles, 19 de octubre de 2011

S.S. PUBLICA LA CARTA APÓSTOLICA "PUERTA DE LA FE" CON LA QUE SE INSTITUYE PARA EL "AÑO DE LA FE" QUE SE INICIA EL 11 DE OCTUBRE DE 2012


Lunes, 17 oct (RV).- Hoy se hizo pública la Carta Apostólica en forma de Motu proprio Porta Fidei, del Sumo Pontífice que lleva la fecha del pasado 11 de octubre con la que Benedicto XVI instituye el “Año de la Fe”, anunciado ayer en el marco de la Celebración Eucarística en la conclusión del encuentro “Nuevos evangelizadores para la Nueva Evangelización" celebrada este fin de semana en el Vaticano bajo el tema ‘La Palabra de Dios crece y se difunde”.

El documento consta de 15 puntos.

«La puerta de la fe» que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo, con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en Él.

domingo, 17 de julio de 2011

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lunes, 20 de junio de 2011

ORACION DE LA SANGRE DE CRISTO


Señor Jesús, en tú nombre y con el poder de tu sangre preciosa
sellamos toda persona, hechos, o acontecimientos a través de los cuales
el enemigo nos quiera hacer daño.
Con el Poder de la Sangre de Cristo sellamos toda potestad destructora en el
aire, en la tierra, en el agua, en el fuego, debajo de la tierra,
en los abismos, del infierno y en el mundo en el cual nos moveremos
hoy. Con el poder de la sangre de Jesucristo rompemos toda interferencia
acción del maligno. Te pedimos Señor Jesús que envíes a nuestros hogares
y lugares de trabajo a la Santísima Virgen acompañada de San Miguel,
San Gabriel, San Rafael, y toda corte de Santos Ángeles.
Con el Poder de la Sangre de Jesucristo sellamos nuestra casa, todos los
que habitan en ella (nombrar a cada uno de ellos) las personas que el señor
enviara a ella, así como a los alimentos y a los bienes que el generosamente nos envía para nuestro sustento. Con el poder de la sangre de Jesucristo sellamos
puertas, ventanas, objetos, paredes pisos y el aire que respiramos y en fe
cubrimos con su sangre toda nuestra familia.
Con el poder de la sangre de Cristo sellamos los lugares que vamos a estar
hoy las personas , las empresas instituciones con quienes vamos a tratar
(nombrar a cada una de ellas).
Con el poder de la sangre de Cristo sellamos nuestro trabajo material
y espiritual, los negocios de toda nuestra familia, los vehículos, las carreteras,
el aire y las vias y cualquier medio de transporte que vayamos a utilizar.
con tu sangre preciosa sellamos actos, las mentes y todos los corazones de todas
los habitante y dirigentes de nuestra patria a fin de que tu paz y su corazón

ROSARIO A LA PRECIOSISIMA SANGRE


ROSARIO A LA PRECIOSISIMA SANGRE

Es un poderoso medio de protección, defensa salvación, liberación y fortaleza. Un medio para glorificar a Dios por la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, la fuente de nuestra salvación. Al mismo tiempo a través de éste rosario aplicamos los méritos y la Sangre de Jesús a nuestras necesidades particulares. Recen éste rosario a menudo para cubrirse ustedes y el mundo entero con la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

ORACION DE APERTURA
En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

ORACION AL ESPIRITU SANTO
Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles Y enciende en ellos el fuego de tu amor Envía Tu Espíritu, y todo será creado, Y renovarás la faz de la tierra.

OREMOS
Oh, Dios, quien enseñó los corazones de los fieles por medio del Espíritu Santo, concédenos que por medio del mismo Espíritu, seamos siempre verdaderamente sabios y que siempre gocemos de su consuelo. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

Se reza el Credo (Una Vez)
(Inclinando la cabeza)

Todos: Que la Preciosísima Sangre que brota de la Sagrada Cabeza de Nuestro Señor Jesucristo, el Templo de la Divina Sabiduría, Tabernáculo del Conocimiento Divino, y Luz del Cielo y de la tierra, nos cubra ahora y siempre. Amén.
L. Oh,
Precio sima Sangre de Jesucristo,
R. Cura las Heridas en el Sacratísimo Corazón de Jesús. (1 vez)
Padre Nuestro…… (1 vez)
Tres Ave María en las 3 cuentas
L. Gloria al Padre (etc)
R. Como era………

Todos: Que la Preciosísima Sangre que brota de la Sagrada Cabeza de Nuestro Señor Jesucristo, el Templo de la Divina Sabiduría, Tabernáculo del Divino Conocimiento y Luz del Cielo y la tierra nos cubra ahora y siempre. Amén.

PRIMER MISTERIO:

LA MANO DERECHA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO ES CLAVADA. 

Oración: Que por la Preciosa Herida de tu mano derecha y a través de los dolores causados por el clavo que atravesó tu mano derecha, la Preciosa Sangre que brota de ella salve a los pecadores del mundo entero y convierta muchas almas. Amén.

L: Oh, Preciosísima Sangre de Jesucristo
R. Sana las heridas en el Sacratísimo Corazón de Jesús…….(1 vez)
Padre Nuestro……. 1 vez
Ave María…… 1 vez
En las 12 cuentas diga: (Son doce cuentas no 10).
L: Preciosa Sangre de Jesús
R: Sálvanos a nosotros y al mundo entero (12 veces)
L: Gloria ……. (1 vez)
(Inclinando la cabeza)

Todos: Que la Preciosísima Sangre que brota de la Sagrada Cabeza de Nuestro Señor Jesucristo, El templo de la Divina Sabiduría, Tabernáculo del Divino Conocimiento y Luz del Cielo y de la tierra, nos cubra ahora y siempre. Amen.

SEGUNDO MISTERIO: 



LA MANO IZQUIERDA DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO ES CLAVADA

Oración: Que por la Preciosa Herida de tu Mano Izquierda, y a través de los dolores causados por el clavo que atravesó tu MANO IZQUIERDA, la Preciosa Sangre que brota de ella salve almas del purgatorio y proteja a los moribundos de los ataques de los espíritus infernales. Amén (1 vez).

L. Oh Preciosísima Sangre de Jesucristo
R. Sana las heridas en el Sacratísimo Corazón de Jesús… (1 vez)
Padre Nuestro (1 vez)
Ave María (1 vez)
L. Preciosa Sangre de Jesucristo,
R Sálvanos a nosotros y al mundo entero… (12 veces)
L. Gloria al Padre. (1 vez).

(Inclinando la cabeza)
Todos: Que la Preciosísima Sangre que brota de la Sagrada Cabeza de Nuestro Señor Jesucristo. El templo de la Divina Sabiduría, Tabernáculo del Divino Conocimiento y Luz del Cielo y de la tierra, nos cubra ahora y siempre. Amén

TERCER MISTERIO :

EL PIE DERECHO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO ES CLAVADO.

Oración: Que por la Preciosa Herida de tu Pie Derecho, y a través de los dolores causados por el clavo que atravesó tu Pie Derecho, La Preciosa Sangre que brota del cubra la fundación de la Iglesia Católica de los planes del reino oculto y de personas malignas. Amén.

L: Oh Preciosísima Sangre de Jesucristo.
R: Sana las heridas en el Sacratísimo Corazón de Jesús…….(1 vez)
Padre Nuestro……….(1 vez)
L: Preciosa Sangre de Jesucristo,
R:Sálvanos a nosotros y al mundo entero……… (12 veces)
L: Gloria al Padre………. (1 vez)

(Inclinando la cabeza)
Todos: Que la Preciosísima Sangre que brota de la Sagrada Cabeza de Nuestro Señor Jesucristo, el Templo de la Divina Sabiduría, el Tabernáculo del Divino Conocimiento y Luz del Cielo y de la tierra, nos cubra ahora y siempre. Amén.

CUARTO MISTERIO :

EL PIE IZQUIERDO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO ES CLAVADO

Oración: Que por la Preciosa Herida de tu Pie Izquierdo, y a través de los dolores causados por el clavo que atravesó tu Pie Izquierdo, la Preciosa Sangre que brota de el nos proteja en todos nuestros caminos de los planes y los ataques de los espíritus malos y sus agentes. Amén.

L: Oh Preciosísima Sangre de Jesucristo
R: Sana las heridas en el Sacratísimo Corazón de Jesús.(1 vez)
Padre Nuestro……(1 vez).
Ave María…… (1 vez).
L: Preciosa Sangre de Jesucristo,
R: Sálvanos a nosotros y al mundo entero…(12 veces)
L: Gloria al Padre……… (1 vez).
(Inclinando la cabeza)

Todos: Que la Preciosísima Sangre que brota de la Sagrada Cabeza de Nuestro Señor Jesucristo, el Templo de la Divina Sabiduría, Tabernáculo del Divino Conocimiento y Luz del Cielo y de la tierra, nos cubra ahora y siempre. Amén.

QUINTO MISTERIO:

LA HERIDA DEL SAGRADO COSTADO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Oración: Que por la Preciosa herida de tu Sagrado Costado, y a través de los dolores causados por la lanza que atravesó tu Sagrado Costado, la Preciosa Sangre y Agua que brotaron de ella cure al enfermo, resucite al muerto, solucione nuestros problemas presentes, y nos enseñe el camino hacia Nuestro Dios para la eterna gloria. Amén.

L. Oh, Preciosísima Sangre de Jesucristo,
R. Sana las heridas en el Sacratísimo Corazón de Jesús… (1 vez).
Padre Nuestro…. (1 vez)
Ave María………(1 vez)
L: Preciosa sangre de Jesucristo.
R:Sálvanos a nosotros y al mundo entero………(12 veces)
L: Gloria al Padre….. (1 vez).
CONCLUSION
(Inclinando la cabeza)

Todos: Que la Preciosísima Sangre que brota de la Sagrada Cabeza de Nuestro Señor Jesucristo, el Templo de la Divina Sabiduría, Tabernáculo del Divino Conocimiento y luz del Cielo y la tierra, nos cubra ahora y siempre. Amén

L: Oh Preciosísima Sangre de Jesucristo,
R: Sana las heridas, en el Sacratísimo Corazón de Jesús….(3 veces)

Todos: Decir la Salve.
OREMOS

Oh, Preciosísima Sangre de Jesucristo, te honramos, te alabamos, te adoramos por tu trabajo de eterna alianza que trae paz al género humano. Sana las heridas en el Sacratísimo Corazón de Jesús. Consuela al Dios Todopoderoso en su trono y lava los pecados del mundo entero. Que todos te hagan reverencia. Oh Preciosa Sangre, ten piedad de nosotros.


Sacratísimo Corazón de Jesús Ten piedad de nosotros
Inmaculado Corazón de María Ten piedad de nosotros
San José, esposo de María  Ten piedad de nosotros
Santos Pedro y Pablo  Rueguen por nosotros
Santos Dominico y Francisco  Rueguen por nosotros
San Juan de la Cruz  Rueguen por nosotros
Santa María Magdalena  Rueguen por nosotros
Santa Teresa y Caterina  Rueguen por nosotros
Todos los soldados de la oración e intercesores del cielo  Rueguen por nosotros
Todos los grandes santos de Nuestro Señor   Rueguen por nosotros
Todos los huéspedes del cielo, Legión de María  Rueguen por nosotros